Este sábado, la iniciativa ‘Vive la Opera’ en Sigüenza proyectará Salomé, de Richard Strauss

Este próximo sábado, día 26 de mayo, la iniciativa  Vive la Opera en Sigüenza va a proyectar la ópera en un acto Salomé. Se trata de una obra de Richard Strauss, con libreto basado en la traducción alemana de Hedwig Lachmann de la obra de Oscar Wilde, realizado casi al pie de la letra por el compositor. Se estrenó en el Teatro de la Corte de Dresde, el 9 de diciembre de 1905. A España llegó cinco años más tarde, al Gran Teatro del Liceo, de Barcelona, 29 de enero de 1910.

La cita es en el Auditorio de El Pósito de Sigüenza, a las 19 horas, con entrada libre. Habrá charla coloquio antes y después de la proyección.

La aficionada musical Zoila Paradela, con el patrocinio del Ayuntamiento de Sigüenza y la colaboración de la Asociación de Empresarios, proyectará una versión sublime de este clásico de la lírica que será ampliamente  comentada previa y posteriormente en una distendida tertulia dirigida por Paradela. La versión que se va a proyectar corresponde a una grabación realizada el 11 de octubre de 2008 en el Teatro Metropolitan de Nueva York bajo la dirección musical de Patrick Summers. Los personajes principales están interpretados por Karita Mattila (Salomé), por Juha Uusitalo (Jokanaan) y por Kim Begley (Herodes).

Salomé, princesa de Judea, está fascinada por las insistentes prédicas del profeta Jokanaan contra Herodes y su esposa Herodias, que le han supuesto haber sido encerrado en un pozo del palacio sin que el reyezuelo, atenazado por la superstición y el miedo, se atreva a matarlo. Herodes ha prohibido que nadie lo vea, pero Salomé pide al capitán de la guardia Narraboth, que está enamorado de ella, que le deje ver a Jokanaan. Él acaba por aceptar pero, cuando ve la fascinación que el profeta ejerce sobre Salomé, se suicida. Por su parte, Jokanaan ni tan siquiera quiere verla, pero sus palabras y su cuerpo atraen fatalmente a la princesa. El lascivo Herodes quiere ver bailar a su hijastra Salomé, pero su madre, Herodias, trata de impedirlo. Cuando el rey jura a Salomé que le dará lo que le pida, ella acepta, baila y reclama la cabeza de Jokanaan. Herodes se resiste, porque tiene funestos presentimientos si mata al profeta, pero Salomé se muestra inflexible: quiere su cabeza. Herodias coge el anillo del rey y con él ordena la muerte de Jokanaan. Después de una larga pausa, el verdugo presenta la cabeza a Salomé, que sostiene un largo monólogo con ella y en el cual, segura de su belleza, llega a afirmar: “Si me hubieses visto me habrías amado”. Herodes no puede soportar la visión de un espectáculo así y ordena a sus soldados que aplasten a Salomé con sus escudos.

Con Salomé, Richard Strauss inició la serie de óperas que alcanzarían fama universal y le darían el grado de operista de primera línea en el siglo XX, iniciando ese recorrido de la mano del expresionismo aliado con el decadentismo de Oscar Wilde. Su obra, cruda y, desde el punto de la llamada “moral victoriana”, inaceptablemente lasciva, encontró dificultades para difundirse en los primeros tiempos, y sólo la indudable categoría musical de su creación venció los obstáculos derivados de la reacción pacata del emperador Guillermo II en Alemania, y la pudibundez británica y norteamericana que produjeron rechazos parciales a raíz de su presentación en Nueva York (1907) y en Londres (1910).

Curiosamente en España no hubo reacciones de este tipo, posiblemente porque el texto alemán no resultaba comprensible, y los estrenos en Barcelona (enero de 1910) y Madrid (Teatro Real, febrero 1910) no desataron más que algunos comentarios irónicos de la prensa satírica del momento.

El contenido decadentista de la obra es evidente, pero las producciones minimizaron desde el principio los aspectos más expresionistas del drama, como la muerte de Salomé, aplastada literalmente como una enorme cucaracha bajo los escudos de los soldados, algo que el público no percibe en producciones que no subrayan este aspecto de un modo explícito.

La partitura es una de las más brillantes de Strauss, que se revela como un genial orquestador. A pesar de la popularidad de la Danza de los siete velos, quizá los mejores momentos de la obra se encuentran en el impactante monólogo de Salomé, en las intervenciones de Jokanaan y, en general, en todo el desarrollo de la acción que cuenta con un texto que ya es, de por sí, una verdadera obra maestra.

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