Tradicionalmente se prolongaron en Trillo hasta la fiesta de septiembre

Trillo, España

https://www.fotonazos.esA partir del mes de mayo, y hasta la fiesta de septiembre, según los testimonios de los mayores del pueblo “estábamos metidos en el agua del Tajo”. La chiquillería bajaba al baño por la mañana, después de comer “y a todas horas”, apostillan. En las fiestas de la Virgen del Campo aún se bañaba la mocedad. El agua baja todavía caliente reteniendo la temperatura del verano y el chapuzón despejaba la cabeza del jolgorio.

En la época en la que no había bañadores “nos echábamos al río con la braga y una camisilla”, en el caso de ellas y “en calzoncillos los baños en el Tajo o en pelota picada”, dependiendo de si era de día o de noche, en el caso de ellos. Entonces los chicos y las chicas, a partir de los “trece o catorce años”, no se bañaban juntos. Unos y otras tenían su “playa particular”. Debajo de la Plaza de Toros actual el Tajo hacía un remanso que tenía por fondo un lecho de arenilla y guijarros finos.

El paraje se llama La Noguerilla y allí era donde las mocitas aprendían a nadar. Los muchachos acudían a tan dulce reclamo como las moscas a la miel escondidos entre los juncos y los romeros “para ver lo que podían”. “Cuando nos dábamos cuenta de que estaban por allí haciendo el ganso salíamos del agua y nos tapábamos con las toallas”, recuerdan nuestras mayores. Nada de esas grandes superficies acolchadas que se estilan ahora. Unas toallas de baño espartanas secaban y cubrían los cuerpos mojados a la hora de cambiar la combinación por la ropa.

https://www.fotonazos.esPara aprender a nadar, la mejor profesora era la orilla del río. “Te ibas metiendo en el agua, y cuando te llegaba por la cintura dejabas que la corriente te levantara los pies mientras te agarrabas a los juncos. Así aprendimos la mayoría de nosotras a nadar”. También los niños bajaban solos al baño, sin compañía de padres ni madres, que entretanto trabajaban en el campo. Además de en La Noguerilla, había un segundo remanso del Tajo más abajo donde también solían bajar las zagalas. “Pillaba más lejos. Una vez a una amiga se la llevaba la corriente. Menos mal que otra atinó a cogerla de un brazo. Si no, se ahoga. Desde entonces no volvimos allí”.

El lugar de refresco para los chicos era el Puente. Los más mayores tenían ya que trabajar en el campo, y solamente al caer la tarde bajaban al río “como locos” y se tiraban al agua “a veces desde el estribo” para quitarse el polvo de la cebada y del trigo. Como hemos referido, en el Tajo en blanco y negro no había trajes de baño. “El primer bañador que yo tuve me costó nueve pesetas. Era de algodón malo. Negro. Nada de bikinis. Así era la vida de entonces. Cuando me casé se lo di a una vecina. Lo estrené una fiesta de septiembre, y nada más llegar me bajé a bañar con él a La Noguerilla”, recuerda una de nuestras protagonistas. También los había de colores, pero eran los menos.

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